
Tucumán produce enormes volúmenes de residuos: vinaza de ingenios, efluentes citrícolas, subproductos ganaderos y orgánicos urbanos. Durante décadas, el debate giró en torno a cómo mitigar el daño: dónde disponerlos, cómo diluirlos, cómo evitar el conflicto social. Rara vez se discutió lo esencial: cómo transformarlos en valor.
En Córdoba, esa discusión ya quedó atrás. Allí, residuos similares alimentan plantas de biogás que generan energía, biometano y biofertilizantes. El residuo deja de ser un costo y se convierte en insumo: electricidad para producir, gas renovable para transporte o industria, fertilidad que vuelve al suelo y reduce la dependencia de insumos importados.
La paradoja tucumana
La provincia tiene todo para replicar ese modelo: escala agroindustrial, concentración territorial y demanda energética. Sin embargo, la articulación entre ingenios, citrícolas, ganadería y municipios sigue siendo fragmentaria. Falta previsibilidad, reglas claras y, sobre todo, decisión estratégica sostenida.
El costo de no avanzar no es neutro. Cada campaña que pasa, Tucumán entierra o diluye recursos que podrían generar empleo local, reducir emisiones y fortalecer su matriz productiva. No es un problema tecnológico: las soluciones existen y funcionan. Es un problema de enfoque.
Mientras algunas provincias ya convierten residuos en energía y fertilidad, Tucumán continúa discutiendo cómo administrar el problema. La transición pendiente no es verde ni ideológica: es productiva y económica. La pregunta ya no es si se puede, sino cuánto más va a tardar en decidirlo.



