La Ciudad de Mexico dará un paso decisivo en su política ambiental urbana a partir de enero de 2026: todos los hogares deberán separar los residuos en origen, bajo un esquema obligatorio y con categorías claramente definidas.

El objetivo es reducir el volumen que llega a disposición final, mejorar el reciclaje y evitar el colapso del sistema. En Tucumán , en cambio, la basura sigue acumulándose como un problema crónico, con plantas colapsadas, enterramiento como única salida y conflictos judiciales recurrentes. El contraste entre ambos territorios permite responder una pregunta clave: ¿la gestión de residuos depende de la cultura ciudadana o de la decisión política?
Datos duros: dos territorios, dos escalas
La Ciudad de México es una de las áreas urbanas más grandes del continente. Con alrededor de 9 millones de habitantes —más de 20 millones si se considera el área metropolitana— genera entre 12.000 y 13.000 toneladas de residuos sólidos urbanos por día, lo que equivale a más de 4,5 millones de toneladas al año. Ese volumen presiona de manera constante a rellenos sanitarios y plantas de transferencia que operan cerca de su límite.
Tucumán, con aproximadamente 1,7 millones de habitantes, produce en torno a 1.200–1.500 toneladas diarias de residuos, es decir, unas 450.000–500.000 toneladas por año. Aunque la escala es mucho menor, el impacto relativo es alto: la provincia carece de un sistema robusto de separación en origen y depende casi exclusivamente del enterramiento, una solución cada vez más costosa y ambientalmente inviable.
La diferencia no está solo en cuánta basura se genera, sino en cómo se la gestiona.
La decisión de Ciudad de México: separar para no colapsar
A partir de 2026, la Ciudad de México exigirá que los residuos se separen en tres grandes categorías:
- orgánicos,
- inorgánicos reciclables,
- inorgánicos no reciclables.
La norma no es simbólica. Implica cronogramas de recolección diferenciados, campañas masivas de información, control estatal y sanciones ante incumplimientos. El mensaje es claro: la separación deja de ser voluntaria y pasa a ser una obligación ciudadana.
¿Por qué ahora? Porque el sistema llegó a un límite. Los rellenos sanitarios se acercan al colapso, el costo de transportar y enterrar residuos crece año tras año y la ciudad entiende que cada tonelada no separada es dinero enterrado.
Separar en origen permite reducir hasta un 40% el volumen destinado a disposición final y mejorar la recuperación de materiales con valor económico. En este punto, la cultura importa, pero no es el punto de partida. En CDMX, la cultura se construye desde la norma, no al revés. El Estado ordena, obliga y comunica; luego, la sociedad se adapta.
Tucumán: diagnóstico conocido, decisión ausente
En Tucumán, el diagnóstico está escrito desde hace años. Informes oficiales y planes como el GIRSU reconocen los problemas: exceso de enterramiento, falta de separación domiciliaria sistemática, infraestructura insuficiente y pasivos ambientales crecientes. Sin embargo, la distancia entre el papel y la realidad es grande.
La provincia no cuenta con una separación obligatoria en origen a escala masiva. La recolección sigue mezclando residuos y cualquier intento de reciclaje ocurre tarde, cuando el material ya perdió valor. El resultado es previsible: plantas saturadas, conflictos judiciales por basurales y toneladas de residuos acumuladas sin tratamiento adecuado.
A diferencia de CDMX, donde el colapso derivó en una decisión política concreta, en Tucumán el problema se administra, pero no se enfrenta.
Decisión política versus problema cultural
Aquí aparece la diferencia central. En México, el gobierno local asume que sin reglas claras no hay cambio de hábitos. Obligar a separar no es castigar al ciudadano, sino ordenar el sistema para hacerlo viable.
En Tucumán, en cambio, la discusión suele centrarse en la “falta de conciencia” social. Ese enfoque traslada la responsabilidad al individuo y posterga la acción estatal. Pero la evidencia comparada muestra lo contrario: la cultura ambiental no emerge espontáneamente, se construye cuando el Estado fija reglas, controla y acompaña.
Qué enseña el caso mexicano
El caso de la Ciudad de México deja una enseñanza clara para Tucumán y otras provincias argentinas:
- La basura no es solo un problema ambiental, es un problema de gestión económica.
- Separar en origen reduce costos, genera empleo y alarga la vida útil de la infraestructura.
- Esperar que la cultura cambie sin normas es una forma elegante de no decidir.
¿Puede Tucumán copiar el modelo CDMX? No de manera automática. Las escalas son distintas y los recursos también. Pero sí puede tomar la lección central: sin decisión política, la basura sigue acumulándose; con reglas claras, el sistema empieza a ordenarse.
En definitiva, la diferencia entre Ciudad de México y Tucumán no está en sus ciudadanos. Está en el momento en que cada Estado decidió o no hacerse cargo del problema.
Fuente: Que Diario-https://quediario.com.ar/2026/01/07/separar-o-colapsar-la-leccion-de-ciudad-de-mexico-que-tucuman-ignora/




