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Jaldo y el dilema del poder: los espejos de Manzur y Alperovich

En política, las diferencias pesan más de lo que parece ¿Cómo construye Osvaldo Jaldo el poder? Cómo influyeron los esquemas de sus antecesores. El poder político no sólo se ejerce, sino que conlleva un complejo proceso de construcción.  

A veces, más mentado que otras. Y la forma en que se lo edifica condiciona no sólo cómo se gobierna, sino también cuáles son los desafíos que aparecen cuando se llega a la cima. Distintos autores contemporáneos de la ciencia política analizan que el poder se cimenta desde el territorio, desde la hegemonía, la legitimidad  o, inclusive, dependiendo del tipo de liderazgo.  

Tucumán tiene sus particularidades y gobernarla, también. Osvaldo Jaldo lleva un interinato (septiembre de 2021-febrero de 2023) y media gestión en la Casa de Gobierno.

Sorprendió a propios y extraños por la manera en la que se desempeñó en su propio mandato. La dirigencia peronista de distintas vertientes analiza, con mayor y menor profundidad, las características del tranqueño y lo que podría venir en su carrera. En la antesala del año electoral provincial, comenzarán los movimientos con la mirada puesta en el recambio institucional del 2027.

Hay dos espejos en los que Jaldo -y los demás- no pueden dejar de mirarse: los de sus antecesores José Alperovich y Juan Manzur. Durante los últimos 20 años, estos apellidos marcaron la tónica de la conducción oficialista.

El poder, según Jaldo

Jaldo gobierna con una ventaja que Alperovich y Manzur no tuvieron: llegó al poder después de haber subido todos los escalones en orden. No llegó al poder desde afuera, sino desde abajo y desde adentro del sistema político tucumano. Su recorrido es el de la acumulación territorial, paciente y persistente, con anclaje en el trabajo político cotidiano y en el conocimiento fino del mapa provincial.

Nadie puede desconocer que sabe al dedillo del territorio, de los actores y de todos los engranajes. Como intendente, legislador, ministro, vicegobernador y gobernador mostró que su fortaleza no está en los discursos grandilocuentes sino en la capacidad de adelantarse, marcar tiempos, arriesgar y conducir.

A diferencia de los dos anteriores mandatarios, tiene un entorno pequeño. Pequeñísimo. El jaldismo que se esbozó en la interna de 2021 está diluido, porque al comenzar su etapa en el Ejecutivo, optó por dar señales de que plantearía una manera diferente de conformar su equipo. También porque leyó el contexto nacional previo a la llegada de Javier Milei a la Rosada y, sobre todo, el rechazo al peronismo y sus prácticas habituales.

Diseñó un gabinete con técnicos, opositores e inesperados. Salvo excepciones, relegó a puestos secundarios a sus alfiles, que habían quedado muy expuestos tras la puja con Manzur. Apenas asumió, recortó los gastos de la política y comenzó a limpiar lo que, consideró, quedaba del manzurismo en las estructuras gubernamentales y de contención. Jaldo quiso desplazar la idea de jaldismo para componer lo que seguiría, un “osvaldismo”. Algo aggiornado en relación a lo que él mismo había integrado hasta entonces.

Esos movimientos y su acercamiento al gobierno de La Libertad Avanza tuvieron consecuencias. La principal fue el surgimiento de una línea que para no llamarse antijaldista se denominó antimileísta.  En las elecciones de medio término se vio obligado a acordar con ellos para compartir lista y evitar una posible interna justicialista.

Jaldo jugó al límite -y con los límites- y vadeó grandes conflictos. Apoyado en una gestión equilibrada y presente, concentró decisiones y se hizo cargo de los costos políticos.

El contexto en el que le tocó llegar no es menor. Probablemente, le esté tocando el peor de los escenarios nacionales para ser un gobernador peronista. Quizás eso lo haya llevado a mostrar una identidad pejotista más templada. Eso sí, muy alejada del kirchnerismo. De todas maneras, parece sentirse cómodo en esa casilla.

Cimentó su poder tras ganar los comicios y le quedan algunos desafíos por revisar.

El dilema  

El vicepresidente del PJ tucumano carga con un asunto que sus antecesores no lograron resolver bien: cómo construir una sucesión. Falta para eso, pero es una empresa que lleva tiempo.

Jaldo tiene por delante la posibilidad de un mandato más y es altamente probable que vaya por él. Pero es una inquietud latente entre los suyos y una ventaja entre los disidentes que no esté tan claro el asunto ¿Por qué? Porque hay referentes políticos que apuntan -y abonan- que Jaldo no irá por cuatro años más en 2027. Dicen que porque no puede (suman su interinato), porque habrá un marco nacional peor, porque está “cansado” o simplemente asumen que se irá a su casa. Y Jaldo conoce perfectamente todas estas versiones. Alimenta, de hecho, alguna de ellas. Porque no hay nada que le guste más a alguien en esas esferas que ver cómo reaccionan los otros a estos escenarios posibles.

También es cierto que Jaldo no puede salir mañana y anunciar su postulación ni a un sucesor ¿Por qué? Lo primero porque queda todo un año de gestión antes del electoral y lo segundo, porque la transferencia de poder sería inmediata. Está en pleno ejercicio y el desafío es convertir esa construcción que lleva adelante en proyección, capaz de dejar marca más allá de la coyuntura.

Para entender ese dilema, es ineludible mirar hacia atrás. Porque Jaldo no gobierna en el vacío: lo hace después de José Alperovich y Juan Manzur, dos mandatarios que vinieron de lugares muy disímiles y que construyeron poder de maneras individuales, pero que dejaron una enseñanza común y problemática. En Tucumán, cuesta mucho soltar el poder y todavía más, ordenarlo cuando llega el momento de irse.

Alperovich fue el gobernador que llegó por un acuerdo y que jubiló al peronismo que había venido gobernando hasta ese momento. Se rodeó de nuevos apellidos, reinterpretó al justicialismo y armó una mesa de una veintena de figuras. Forjó lazos fuertes e hizo crecer a múltiples personajes  Algunos de ellos sobreviven políticamente, se reinventaron. La obviedad es que concentró mucho poder y que desarrolló una capacidad muy especial para anticiparse. En muchas oportunidades hacía anuncios que sorprendían a su propio entorno. Salvo al final.

La abundancia de recursos, por lo que sucedía en el plano nacional, fue clave. Con una fuerte impronta en asistencia social, emprendió obras y repartió planes y pensiones como nunca se había hecho. Basó su poder, dicen estudiosos del peronismo, en la lapicera, el aparato estatal y en un manejo y reformulación de las instituciones que probablemente ningún otro gobernador tenga margen para emprender.

Los acoples nacieron en ese marco y vinieron a consolidar ese crecimiento. Son una gran metáfora del alperovichismo: todos trabajaron para él y él empoderó cientos de políticos que participaron para llegar.  

Estuvo 12 años y también falló al momento de irse. Porque no se fue del todo. Intentó seguir influyendo, tensionando al peronismo desde afuera del Ejecutivo. Compitió y se reposicionó, pero no alcanzó. Porque la dirigencia ya estaba en otro lado. Su despedida fue, en realidad, forzada.

Aunque renieguen de ello, tanto Manzur como Jaldo provienen de allí. Les costó plantear una política independiente a la de Alperovich. Porque Manzur llegó con un perfil distinto, pero con un arrastre de lo anterior.

Recomendado por popes del kirchnerismo, arribó al ministerio de Salud después de su paso por La Matanza. A diferencia de Alperovich y Jaldo, vino de afuera. Llegó con contactos con el máximo poder y tenía una agenda que los otros no tendrán nunca.

Son relaciones que aceitó y que profundizó por sus dos pasos por cargos nacionales: fue ministro de Salud y Jefe de Gabinete. Manzur sostiene relaciones políticas, empresariales, religiosas e internacionales que no son sencillas de forjar para un mandatario provincial. Esa mirada hacia Buenos Aires y más allá fue su fortaleza pero,a la vez, su debilidad.

Su primer gobierno fue aceptable, con planes grandilocuentes y con un perfil más planificador y técnico. El segundo, fue olvidable y estuvo marcado por la ausencia.  Y en esta parte de la historia irrumpe Jaldo.

Apenas resultaron reelectos, el vicegobernador se plantó y habló de la reforma y de lo que venía. Jaldo, desde la Legislatura, marcó públicamente que quería ser el sucesor, cuando la sucesión estaba irresuelta.

En esa interna nació el manzurismo. Porque Manzur se vio obligado a fortalecer a sus dirigentes, a ir a reuniones y a caminar la provincia como no lo había hecho políticamente. Los antagonistas comenzaron la puja subterránea que derivó en la confrontación directa en las intermedias del 2021. Manzur ganó en las urnas, pero Jaldo quedó de gobernador interino. Esto evidenció algo que era obvio: que Manzur tenía y tiene sus apetencias fijadas en otro ámbito, fuera de Tucumán.

A regañadientes de Jaldo, Manzur se inscribió en la fórmula para ser su vice. Un planteo judicial -propiciado por el entonces opositor Germán Alfaro– lo hizo desistir. En uno de los días más emblemáticos para el PJ provincial en las últimas décadas, Manzur anunció su renuncia a la competencia y subió a su entonces ministro del Interior, Miguel Acevedo, a las boletas.

Las diferencias entre Jaldo y Manzur son profundas y definitivas. No implica que no puedan acordar, como sucedió en 2025. Manzur sabe que su presencia ausente irrita a Jaldo y Jaldo, como Manzur hizo con Alperovich, intentará seguir recortándolo del panorama.  

Jaldo llega a este punto con la misma paradoja que sus anteriores a cuestas. Es vox populi que le agrada acelerar tiempos. Construyó poder como pocos gobernadores tucumanos: desde el territorio, sin atajos, con conocimiento fino del sistema y con una lectura ajustada a los tiempos.

Gobierna en un contexto adverso, con escasez de recursos nacionales y con un clima social poco amable con el peronismo. Eso le dio una legitimidad particular, más asociada a la gestión y al orden que a la épica partidaria. Pero esa misma fortaleza hoy le plantea su mayor interrogante.

La sucesión no es sólo un problema de calendario, sino de diseño político. Y ese diseño todavía no aparece del todo nítido. Jaldo conoce las historias previas, porque las protagonizó desde distintos lugares. Sabe que el poder no se hereda por decreto ni se transfiere sin costos. También sabe que anunciar demasiado temprano equivale a empezar a perder. Por eso administra el silencio, deja correr versiones, ensaya ambigüedades y observa cómo se reordenan propios y ajenos frente a escenarios hipotéticos. 

La pregunta que queda abierta no es sólo si Jaldo irá o no por un nuevo mandato, sino qué tipo de construcción dejará detrás.

Gabriela Baigorri

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