Mientras la transición energética global multiplica la demanda de litio y otros minerales críticos, el Noroeste Argentino vuelve a ocupar un lugar central en el mapa extractivo.
Territorios que sostienen la vida
El NOA no es un “recurso natural”: es un entramado vivo de salares, humedales de altura, ríos que nacen en la cordillera y comunidades que los cuidan desde hace generaciones. En estos ecosistemas frágiles, el agua no es solo un insumo productivo, sino la base de la vida, la cultura y la soberanía alimentaria.
La expansión de la minería de litio se superpone con zonas donde el cambio climático ya redujo las lluvias, aceleró la desertificación y puso en riesgo la ganadería de subsistencia y la agricultura familiar. Extraer millones de litros de agua en estos contextos no es una decisión técnica: es una decisión política con consecuencias profundas.
La promesa verde y sus sombras
La narrativa dominante presenta al litio como pieza clave para un mundo más limpio. Sin embargo, en los salares del NOA esa promesa convive con impactos que rara vez aparecen en los balances oficiales: pérdida de humedales, salinización de suelos, disminución de fauna y alteración irreversible de paisajes que funcionan como reguladores climáticos naturales.
Para las comunidades locales, el daño no siempre es inmediato ni visible, pero sí acumulativo. Cada proyecto se evalúa de forma aislada, sin considerar el efecto conjunto sobre las cuencas. El resultado es un desgaste lento del territorio, que se manifiesta años después, cuando las empresas ya no están.
Comunidades frente a un modelo que no eligieron
En muchas localidades del NOA, la minería llega sin haber sido realmente consultada. Los procesos de participación suelen ser formales, poco accesibles o directamente tardíos. Las comunidades indígenas y rurales quedan relegadas a un rol pasivo frente a decisiones que afectan su modo de vida.
El trabajo prometido suele ser temporal y especializado, mientras que las consecuencias ambientales son permanentes. Cuando el ciclo extractivo termina, lo que queda no es desarrollo sostenido, sino territorios más vulnerables al clima extremo y economías locales debilitadas.
Tucumán: impactos que se sienten aunque no se extraiga
Aunque Tucumán no aloja grandes proyectos mineros, no está al margen del modelo extractivo regional. La provincia depende de cuencas compartidas y ya enfrenta una crisis climática marcada por sequías, inundaciones repentinas y estrés hídrico.
Cualquier alteración en los sistemas de agua de altura repercute aguas abajo. En un contexto de cambio climático, sumar presión extractiva sin planificación integral implica profundizar desigualdades ambientales que ya existen.
2026: defender el territorio como decisión climática
Hablar de acción climática no puede limitarse a reducir emisiones globales. En el NOA, defender el agua, los humedales y la autodeterminación de las comunidades es una acción climática concreta.
El año 2026 se presenta como una bisagra: o se consolidan reglas que prioricen la vida y los ecosistemas, o se naturaliza un modelo que deja pasivos ambientales y sociales difíciles de revertir. El verdadero legado no será cuántas toneladas de litio se exporten, sino qué territorios quedan habitables cuando la fiebre extractiva pase.
En el Norte Argentino, la transición justa no puede construirse sacrificando a quienes ya viven en la primera línea del cambio climático.
FUENTE:
https://quediario.com.ar/2026/01/16/mineria-clima-y-territorio-que-queda-en-el-noa-cuando-el-extractivismo-avanza/





