En una semana atravesada por la inseguridad, las lluvias y la disputa por recursos, el gobernador multiplicó mensajes con un eje común: autoridad, presencia del Estado y control del escenario.
Seguridad, castigo, asistencia ante la emergencia, reclamo a Nación y conducción sobre los intendentes: las declaraciones no aparecen aisladas, sino como parte de una estrategia para fijar límites y ocupar el centro del poder.
En Tucumán, el gobernador decidió hablar seguido y sin rodeos. No para anunciar una medida aislada, sino para ocupar el centro del escenario en una semana marcada por la tensión social. Inseguridad, lluvias intensas, reclamos a Nación, obra pública y un llamado explícito a no politizar el dolor: todo apareció articulado en un mismo registro. El mensaje fue claro: el poder no se delega, se ejerce.
Las declaraciones se sucedieron en distintos ámbitos, pero construyeron una escena común. Un gobernador que elige mostrarse al frente, marcar límites y fijar responsabilidades. No hubo épica ni promesas grandilocuentes, sino un tono firme, pensado para ordenar el clima público en un contexto de demanda social creciente.
El eje más sensible fue la seguridad. El planteo de endurecer sanciones penales para menores que cometan homicidios funcionó como una señal política antes que como un debate jurídico profundo. El destinatario no fue solo quien delinque, sino también una sociedad cansada y un Poder Judicial que aparece recurrentemente bajo cuestionamiento. La frase “se acabó la impunidad” sintetizó ese corrimiento discursivo: del equilibrio al límite.
Ese endurecimiento convivió con otra línea central del relato oficial: la presencia del Estado. Frente a las intensas lluvias y sus consecuencias, el gobernador destacó la asistencia desplegada en los territorios afectados. No como gesto solidario, sino como demostración de capacidad de respuesta. La emergencia climática se convirtió así en una escena de gestión y control.
En el mismo registro se inscribió el llamado a no politizar el dolor de la gente. En una provincia atravesada por tragedias recientes, el mensaje buscó marcar una frontera: no todo puede convertirse en disputa partidaria. También allí el gobernador intentó ordenar, no confrontar.
El discurso sumó además un capítulo federal. El reclamo a la Nación por fondos coparticipables fue planteado como una exigencia concreta: recursos que faltan, obras que se demoran y una provincia que necesita margen para gobernar. No fue una arenga ideológica, sino una advertencia política.
En paralelo, el rol de los intendentes apareció ligado a la obra pública. La decisión de que los municipios definan prioridades, con fondos provinciales, combinó descentralización con conducción. Autonomía, pero dentro de un marco fijado desde el poder central.
Leídas en conjunto, las intervenciones no parecen aisladas. Funcionan como un despliegue discursivo destinado a reafirmar autoridad en un escenario de presión múltiple. La incógnita es si este endurecimiento del tono anticipa una nueva etapa de gestión o si responde a una coyuntura crítica. Por ahora, el gobernador eligió no replegarse. Gobernar en voz alta parece ser, hoy, una decisión política.
Fuente: Quediario.com.ar ![]()




