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20 años sin una tumba, para dejar unas flores

Crónica de una muerte sin tumba: se cumplen veinte años de la desaparición de Betty Argañaraz

Uno de los misterios más abrumadores de la historia criminal de Tucumán está por cumplir dos décadas. Aunque quedó probado que fue asesinada y los homicidas fueron condenados, sus restos nunca aparecieron.

Crónica de una muerte sin tumba: se cumplen veinte años de la desaparición de Betty Argañaraz
Ángela Beatriz Argañaraz tenía 46 años y vivía en El Manantial. Aunque se había separado de Julio Navarro tras 15 años de noviazgo, continuaba viviendo con él por el cariño que se tenían. Tocaba el piano, era una voraz lectora y sentía pasión por la docencia. Su vida era simple.

Hacia julio de 2006, le informaron que había sido elegida directora del colegio, pero ella le contó a Julio que no sabía si aceptar, porque iba a extrañar a sus alumnos. Finalmente, dijo que sí y le informaron que asumiría el día 31.

Así que ese lunes se levantó temprano, más que de costumbre y tomó el colectivo 103. Bajó en avenida Alem y Lavalle y tomó un remise color blanco. Antes de llegar al trabajo, debía pasar por la casa de su compañera Susana Acosta quien, al parecer, le dijo que tenía una sorpresa para ella.

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Liliana Argañaraz, hermana de Betty, se estaba preparando en su casa para ir al acto de asunción en el colegio cuando sonó el teléfono de su casa. Desde la institución le preguntaron si sabía algo de ella, porque no había llegado y el acto estaba por comenzar. Liliana, entonces, llamó a su cuñado Julio, que la dejó más desconcertada: le dijo que había salido temprano de casa rumbo al colegio.

La policía no quiso tomarle la denuncia porque, como era costumbre en esa época, perdían las primeras horas de investigación suponiendo que las mujeres siempre se iban por su propia voluntad. Comenzaban a investigar, casi siempre, cuando ya era tarde.

Eran tiempos convulsionados. Tucumán todavía estaba espantado por el crimen de Paulina Lebbos, ocurrido tres meses antes y miraba con desconfianza a los funcionarios de Seguridad del gobierno. La provincia también estaba en boca de todo el país por la reciente desaparición de Marita Verón y el gobierno de José Alperovich parecía no podía seguir acumulando escándalos.

Liliana recorrió hospitales y comisarías en busca de su hermana mientras la Policía esperaba que se cumplieran las 24 horas de su desaparición, no vaya a ser cosa que la mujer esté bien y los uniformados terminen trabajando en vano. Fue la fiscal Adriana Giannoni quien decidió aplicar el método que hoy se utiliza: sospechar lo peor, buscar de inmediato, procurar hallar con vida al desaparecido.

Las primeras pistas apuntaban hacia un sitio: el departamento de Catamarca primera cuadra donde vivía Susana, su compañera, que la había invitado a pasar antes de ir al colegio. Ese día, la mujer llegó tarde al trabajo y se retiró temprano. Vivía con su pareja, Nélida Fernández (hoy Marcos Daniel), quien ese día, directamente, no fue a trabajar. fueron vistas cargando GNC dos veces en el mismo día, algo que jamás habían hecho. Cuando fueron detenidas, se halló en sus cuerpos marcas claras de violencia.

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La fiscal Giannoni recuerda el momento en que descubrió esas lastimaduras “Cuando empieza la revisación médica, francamente, fue sorprendente para mí encontrar las huellas de Betty en el cuerpo de las dos. Evidentemente, Betty había luchado por su vida encarnizadamente”, recuerda la investigadora en la película “En vos confío”, de Agustín Toscano.

Todos los indicios se convirtieron en certeza con la inspección al departamento de las mujeres: había sangre en las paredes y esa sangre era de Betty Argañaraz. En el auto también.

Se habían conocido años atrás, cuando las dos eran novicias. Colgaron los hábitos porque se enamoraron y decidieron vivir juntas y adoptar una hija que tenía, en el momento del crimen, ocho años. Ambas negaron siempre haber matado a Betty. Contrataron al dudoso abogado Gustavo Morales, quien más tarde terminaría preso, entre otros delitos, por plantar testigos falsos en causas penales.

Siguiendo su consejo, declararon que quizás la sangre de la docente desaparecida estaba en las paredes porque una vez que Betty estuvo allí junto a otras docentes preparando un trabajo para el colegio. Esbozaron una explicación: quizás estaba menstruando. Morales, además, se ocupó de instalar en los medios de comunicación la teoría de que sus clientas eran acusadas del crimen sólo por el hecho de ser lesbianas. Sin embargo, no pudo evitar el juicio.

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Tres años después, en diciembre de 2009, sólo él salió con una sonrisa de la sala donde se juzgó el crimen. Estaba orgulloso de haber logrado excluir a la familia de Betty de la querella: la madre de la docente no pudo llegar con vida al juicio, Julio no estaba casado legalmente y no le permitieron a Liliana asumir ese rol. Además, había sido descubierto pisando una de las huellas de sangre del departamento de las acusadas. “Qué manera de embarrar ese juicio”, recordaría años más tarde, mientras defendía al encubridor del homicidio de Paulina Lebbos. 

Sus clientas fueron condenadas: las pruebas eran contundentes. Sin embargo, no recibieron la pena de prisión perpetua porque el tribunal no aceptó el pedido del fiscal de Cámara Edmundo Botto y la investigadora Giannoni, que consideraban que la pareja había actuado de manera premeditada y con ensañamiento. El tribunal lo consideró homicidio simple y la pena fue de 20 años de prisión. 

Igualmente, la sentencia fue casi revolucionaria. Por primera vez en la historia judicial de Tucumán se lograba un fallo por homicidio en un caso sin cadáver. Y en el país sólo había, entonces, dos antecedentes. El caso Betty Argañaraz sentaba un precedente que abriría el camino, más tarde, a que pudiera hacerse justicia por la desaparición de Milagros Avellaneda y su bebé Benicio Daiana Garnica.

Tuvieron el triste privilegio de cumplir la condena juntas en la cárcel de mujeres de Banda del Río Salí. Su hija, que tenía ocho años al momento del crimen, quedó al cuidado y crianza de un familiar.

Durante su estancia en el penal, la pareja decidió casarse. El día de la boda, Liliana Argañaraz reclamó en el portón de la cárcel que no se trataba de un matrimonio, sino de la legitimación de un pacto de silencio: a partir de entonces, legalmente, una no podría declarar contra la otra. Habían pasado ya siete años de la desaparición de Betty y todavía, de vez en cuando, la Justicia ejecutaba alguna medida para buscar sus restos. 

Más tarde, Nélida comenzó su transición hacia una identidad masculina y cambió su nombre en su DNI. Pasó a llamarse Marcos Daniel y continuó viviendo con su esposa, puesto que un lugar en la cárcel de hombres le depararía, seguramente, una golpiza de los demás presos. La hija de ambas creció y se convirtió en madre.

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La causa Argañaraz se dividió en dos. Por un lado, la ejecución de la sentencia: los asesinos comenzaron a pedir salidas transitorias y libertad condicional. A cambio de no encontrar el cadáver de su hermana, Liliana siempre recibió buen trato en Tribunales y le permitieron participar de las audiencias. Se acostumbró, cada tanto, a que le llegara una nueva notificación a su celular que le informaba que alguno de los dos asesinos estaba pidiendo respirar los aires de la libertad. 

Participó de todas. En cada una de ellas, cuando le cedían la palabra, se dirigía directamente a los condenados: les pedía por favor que le dijeran dónde está el cuerpo. Todo fue en vano, jamás lo dijeron. Por el contrario, muchas veces se quejaron de que Liliana tenía una “obsesión” con ellos y que siempre usaba la misma excusa para prolongarles el sufrimiento de estar encerrados. Sin embargo, la mayoría de las veces, no dijeron nada. Directamente, ignoraron su pedido.

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La Fiscalía de Ejecución también se opuso sistemáticamente a la libertad condicional. Su representante, Gonzalo García, reclamaba que para gozar del beneficio de la libertad era necesario encontrar un gesto de arrepentimiento, una sospecha de que, al saber que hicieron mal, no volverían a hacerlo. Y ese gesto consistía en apaciguar el sufrimiento de la familia de Betty, indicando dónde habían escondido el cuerpo. 

Finalmente, lo consiguieron. Ambos obtuvieron la libertad condicional sin decir dónde estaban los restos de Betty. Se fueron a vivir juntos a su casa en El Cadillal, pese a que la exigencia era residir en San Miguel de Tucumán. Volvieron a caer presas por ese incumplimiento, pero pronto salieron nuevamente. Hoy, Marcos Daniel vive de su jubilación junto a Susana, que es ama de casa y de su nieta menor de edad. La hija de la pareja se marchó a vivir a Neuquén, donde tuvo otro bebé.

La sentencia se cumplirá los primeros días de agosto. Entonces, no le deberán nada a la sociedad y no podrán volver a ser condenadas por el mismo delito. Por eso, en un último intento, Liliana les pidió por última vez que le dijeran dónde está el cuerpo. “Tengo en cuenta el pedido de la señora Argañaraz”, respondió Marcos Daniel, y se quedó en silencio. 

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Mientras tanto, el Estado dejó de buscar a Betty. Liliana recuerda que apenas comenzaba la pandemia cuando se hizo la última medida: la inspección de un lugar donde se hallaron restos óseos, que resultaron ser de un animal. La recompensa por datos que puedan llevar a la ubicación de sus restos quedó anclada en $150.000, menos de lo que cuesta un celular usado. Hoy, ni siquiera hay una fiscalía o un mostrador en Tribunales donde Liliana pueda ir a preguntar. La causa Argañaraz, que desgarró a medio Tucumán, que sentó jurisprudencia en todo el país, quedó olvidada en algún estante de Tribunales, a la espera de que alguien se acuerde de que hay que salir a buscar.

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FUENTE: Avatar de Mariana RomeroMariana Romero

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