En Café Prensa conversamos con Paula Autino Grandi, autora de Trampolín, sobre educación emocional, escucha y el desafío de acompañar a las infancias mientras también aprendemos a conocernos como adultos.
Por Doris Carabajal | Cultura
¿Qué nos pasa cuando algo nos enoja, nos frustra o nos da miedo? ¿Podemos reconocerlo y ponerlo en palabras? En un mundo acelerado, que muchas veces nos lleva a reaccionar antes de reflexionar, necesitamos detenernos. Escuchar y escucharnos para comprender qué sentimos y tomar decisiones con mayor conciencia.
Estas preguntas atravesaron nuestra charla en Café Prensa con Paula Autino Grandi, autora de Trampolín. Una conversación que comenzó con las emociones de los chicos y nos invitó también a mirarnos como adultos: cómo acompañamos, qué respuestas damos y cuánto conocemos de nosotros mismos.
Un libro para descubrir las emociones
El libro nació de una necesidad que Paula fue reconociendo en su trabajo con familias, docentes y estudiantes: ofrecer a niños y niñas un espacio para comprender lo que sienten, darle nombre y transformar esa experiencia en algo que les permita crecer. Según compartió, muchas veces la atención está puesta en el desarrollo cognitivo, mientras la educación emocional recibe menos espacio.
Trampolín propone un recorrido a través de explicaciones sencillas, preguntas y actividades sobre el autoconocimiento, las emociones, la empatía, la motivación, los vínculos y la familia. Puede acompañar momentos en casa, espacios de tutoría en las escuelas o procesos terapéuticos. Algunos chicos también pueden explorar sus páginas de manera autónoma, según sus posibilidades y necesidades.
La guía invita a madres, padres, docentes, abuelos, tías y terapeutas a compartir momentos de encuentro, reflexión, diversión y aprendizaje. Y en ese recorrido, quien acompaña también se encuentra con preguntas propias. Mientras ayudamos a un chico a descubrir qué le pasa, podemos reconocer cómo respondemos nosotros, qué nos cuesta expresar y qué necesitamos aprender.
Hacer una pausa, escuchar y acompañar
Durante la entrevista hablamos del enojo y de la frustración, dos experiencias que suelen preocupar a las familias. Paula señaló que las emociones nos brindan información sobre lo que estamos viviendo. La pregunta es qué hacemos con ellas. En una cotidianeidad atravesada por la inmediatez, esperar y aceptar que algo no suceda como deseamos puede resultar difícil para chicos y grandes.
En ese punto apareció una idea que considero valiosa, hacer una pausa antes de reaccionar. Dar tiempo para recuperar la calma y después volver sobre lo ocurrido. Poder conversar, escuchar y reflexionar sobre aquello que nos desbordó. Esa espera permite retomar el diálogo y comprender mejor la situación.
También hablamos de los límites y del ejemplo que damos. Acompañar las emociones requiere presencia, palabras y límites claros que cuiden. Como adultos, necesitamos reconocer nuestro propio enojo o cansancio para poder intervenir de una manera más consciente. Pedirles a los chicos que aprendan a gestionar lo que sienten también nos compromete a revisar nuestras respuestas.
Paula destacó la importancia de construir puentes de comunicación desde la infancia. Darles la palabra a los chicos, prestar atención a lo que expresan y generar la confianza necesaria para que puedan contar lo que les pasa. Escuchar requiere tiempo y disposición, incluso cuando lo que escuchamos nos incomoda o nos obliga a repensarnos.
La conversación nos llevó al lugar de las pantallas y a una escena que podemos reconocer: compartir una mesa mientras cada uno mira su celular. Estar juntos no siempre significa encontrarnos. Recuperar la mirada, sostener una conversación y prestar atención a lo que el otro quiere decir son prácticas cotidianas que construyen vínculos.
Conocernos para poder elegir
Hacia el final, la escritora expresó qué le gustaría dejar en quienes lean el libro: la posibilidad de preguntarse. Reconocer qué nos gusta, qué deseamos y qué elegimos. Son preguntas que pueden ayudarnos a conocernos mejor y a tomar decisiones con mayor conciencia de lo que sentimos y necesitamos.
Su propia historia le dio una dimensión cercana a esta reflexión. Contó cómo convivieron en su vida la psicología y la danza contemporánea, y cómo fue aprendiendo a valorar esos intereses que antes sentía como vidas separadas. Conocerse también supone aceptar lo que nos constituye y darle un lugar.
Trampolín fue declarado de interés por la Legislatura de Tucumán, un reconocimiento que la escritora valoró como un gesto significativo para que la educación emocional sea comprendida como una necesidad social, que trasciende el ámbito escolar. Expresó su deseo de que este reconocimiento abra camino a políticas públicas, formación docente, espacios para las familias y talleres comunitarios. El libro busca aportar una herramienta para ampliar esos encuentros: conversar con los chicos sin apurar sus respuestas, descubrir juntos nuevas palabras y aprender a escuchar aquello que todavía cuesta decir.
Me quedó resonando esa imagen del trampolín: conocernos para poder dar un salto. Un salto que necesita una base, tiempo y acompañamiento. Quizás comprender lo que sentimos sea ese primer impulso para elegir hacia dónde queremos ir.
Trampolín lo podés encontrarlo en la librería El Ateneo de Tucumán, ubicada en 25 de Mayo 182.




