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La tormenta fue el primer aviso: ¿está Tucumán preparado para El Niño?

El granizo y las calles anegadas del lunes 28 de septiembre hicieron visible un riesgo que se había planteado en julio.

PUBLICIDAD Una tormenta aislada no demuestra que El Niño ya esté actuando ni permite anticipar cómo será el verano. Sí obliga a revisar, antes de la temporada de lluvias, qué hizo la provincia para reducir su vulnerabilidad.

El lunes, el agua llegó antes que las respuestas

La tormenta comenzó poco antes de las 16 del lunes 28 de septiembre. Hubo reportes de granizo y el Servicio Meteorológico Nacional había emitido una alerta amarilla para la capital y numerosos departamentos de Tucumán. El pronóstico advertía sobre tormentas localmente fuertes, ráfagas superiores a los 60 kilómetros por hora y lluvias intensas en períodos breves. Los acumulados previstos eran de entre 15 y 30 milímetros, con posibilidad de superar esos valores en algunos sectores, según el reporte de LA GACETA sobre la alerta del SMN.

Las imágenes y los reportes de calles anegadas volvieron a instalar una pregunta conocida: ¿cuánta lluvia puede recibir una ciudad antes de que circular, trabajar o regresar a casa se convierta en un problema? Para una familia que encuentra agua frente a su vivienda o para un comerciante que mira subir el nivel en la vereda, la diferencia entre una tormenta habitual y una emergencia se mide en minutos.

PUBLICIDADEl episodio no debe exagerarse. Los reportes disponibles no permiten afirmar que toda la provincia sufrió el mismo impacto ni establecer todavía un balance completo de daños. Pero tampoco conviene tratarlo como una sorpresa meteorológica. Había una advertencia previa y existe un antecedente reciente de preocupación por lluvias intensas, desbordes y drenajes insuficientes. El lunes dejó una señal temprana: Tucumán necesita saber cómo responderá cuando las tormentas coincidan con la temporada de mayor riesgo.

La pregunta que se hizo el 31 de julio

Hace casi dos meses, se publicó “El Niño en Tucumán: ¿está preparada la provincia para las lluvias extremas?”. La nota planteaba que el posible regreso de El Niño debía servir para revisar ríos, canales, desagües, defensas y protocolos antes de las lluvias más importantes. También pedía información pública sobre las obras anunciadas tras los desbordes de la temporada anterior.

Aquella pregunta no era una predicción de que el 28 de septiembre caería granizo. Era una advertencia sobre exposición al riesgo. Una provincia que ya conoce las crecidas repentinas y los barrios anegados no necesita acertar la fecha exacta de la próxima tormenta para comenzar a prepararse.

La tormenta del lunes funciona, en ese sentido, como un primer aviso, no como una prueba de lo que ocurrirá durante todo el verano. Permite volver sobre una cuestión que seguía abierta desde julio: ¿qué puntos críticos se identificaron y qué medidas concretas se tomaron? La respuesta debería poder expresarse en lugares, fechas, trabajos realizados y responsables, además de comunicados de alerta.

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Qué puede decirse de El Niño y qué todavía no

El Niño es una fase de un fenómeno natural del sistema climático que involucra cambios en la temperatura del Pacífico ecuatorial y en la circulación atmosférica. Su influencia puede modificar las probabilidades de lluvia y temperatura a escala regional. No es un interruptor que produce cada tormenta, ni permite pronosticar con meses de anticipación en qué calle caerá granizo o qué barrio se inundará.

Esa distinción es fundamental para informar con rigor. No hay elementos para atribuir la tormenta del lunes directamente a El Niño. Tampoco una sola tarde de lluvia demuestra que Tucumán enfrentará un “super Niño” o que todas las tormentas próximas serán severas. Un pronóstico estacional habla de tendencias y probabilidades; una alerta meteorológica, en cambio, señala un peligro más cercano en el tiempo y en un área determinada. Confundir ambos niveles puede generar alarmismo o una falsa sensación de certeza.

El cambio climático agrega otra dimensión. Una atmósfera más cálida puede retener más vapor de agua y favorecer precipitaciones intensas cuando se reúnen las condiciones para una tormenta. Eso no autoriza a adjudicar automáticamente un episodio local al calentamiento global: determinar cuánto influyó en un evento concreto requiere un análisis específico. Sí refuerza la necesidad de diseñar ciudades y sistemas de prevención capaces de soportar lluvias concentradas en pocas horas.

Ya había señalado en julio que El Niño modifica probabilidades, pero no determina el resultado de cada jornada. Esa cautela sigue vigente. La noticia del lunes es la tormenta y sus efectos observados; la noticia de fondo es cómo Tucumán administra un riesgo que conoce desde hace años.

El problema empieza cuando la lluvia toca el suelo

El impacto de una tormenta depende de cuánto llueve, dónde cae el agua y qué encuentra en su recorrido. En Tucumán, las precipitaciones sobre las sierras y el piedemonte pueden alimentar rápidamente cauces que descienden hacia zonas habitadas. En las ciudades, techos, pavimento y superficies construidas reducen la absorción del suelo. Si los desagües no alcanzan, están obstruidos o descargan sobre canales comprometidos, el agua se acumula justo donde viven y circulan las personas.

Por eso, una calle anegada no explica por sí sola cuál fue la falla. Puede haber intervenido una lluvia excepcional para ese punto, un conducto insuficiente, falta de mantenimiento, residuos que taparon una boca de tormenta o una combinación de factores. Hace falta medir y documentar antes de asignar responsabilidades precisas. Pero la obligación de investigar esos factores existe desde ahora, cuando todavía es posible corregirlos.

La escala del problema también supera el límite de cada municipio. Un canal atraviesa jurisdicciones; una urbanización modifica el escurrimiento hacia otra zona; una lluvia intensa aguas arriba puede afectar a familias que no vieron caer la misma cantidad de agua sobre sus casas. La prevención exige coordinación entre la Provincia, municipios, comunas, áreas hídricas, organismos de emergencia y quienes planifican el uso del suelo.

Ya se había advertido en julio sobre cauces obstruidos, residuos acumulados y construcciones en zonas vulnerables. La tormenta reciente ofrece una oportunidad concreta para comprobar cuáles de esos problemas persisten y dónde. Esa revisión debería basarse en mapas y registros de intervenciones, con participación de los vecinos que conocen los puntos donde el agua se repite año tras año.

PUBLICIDADLas obras y los datos que Tucumán debe mostrar

Una alerta meteorológica puede salvar tiempo valioso, pero su eficacia depende de que la población sepa qué hacer y de que las instituciones hayan preparado el territorio. Antes de que avance la temporada de lluvias, el Gobierno provincial y los gobiernos locales deberían publicar un inventario comprensible de los puntos críticos: desagües que desbordan, canales que requieren limpieza, puentes y defensas que necesitan inspección, rutas expuestas a cortes y barrios con antecedentes de evacuación.

También deberían informar qué obras están terminadas, cuáles están en ejecución y cuáles todavía no comenzaron. Para cada intervención hacen falta ubicación, presupuesto, plazo y responsable. Una fotografía de maquinaria trabajando no permite evaluar si se resolvió un cuello de botella aguas abajo ni si el mantenimiento alcanzó todo el tramo necesario.

El episodio del lunes plantea preguntas inmediatas y verificables. ¿En qué calles se registraron anegamientos y durante cuánto tiempo? ¿Cuántos milímetros cayeron en cada zona? ¿Qué desagües funcionaron y cuáles no? ¿Hubo reclamos repetidos en lugares ya señalados? ¿Qué capacidad tuvieron los equipos de respuesta? Un registro público de esos datos ayudaría a ordenar las prioridades de inversión y a comprobar, en la siguiente tormenta, si las medidas dieron resultado.

La Provincia no puede controlar la lluvia. Sí puede reducir la exposición de las familias, mantener la infraestructura, ordenar nuevas construcciones y explicar cómo actuará ante una emergencia. Esa es la responsabilidad que debe discutirse cuando se habla de preparación.

El próximo aviso puede llegar con menos tiempo

Todavía estamos ante un episodio temprano y no ante un balance del verano. Precisamente por eso importa. Cuando una tormenta ocurre antes de la etapa más intensa de lluvias, ofrece la posibilidad de detectar fallas sin esperar a que el daño sea mayor. Convertirla en aprendizaje requiere inspecciones, decisiones y seguimiento público.

Para los vecinos, la primera herramienta es consultar las alertas oficiales actualizadas del SMN, evitar circular por calles cubiertas de agua y tomar en serio los avisos sobre actividad eléctrica y granizo. Para las autoridades, la tarea es más amplia: transformar cada reporte de anegamiento en información útil para prevenir el siguiente.

El 31 de julio, QueDIARIO preguntó si Tucumán estaba preparado para las lluvias extremas. El 28 de septiembre, la tormenta mostró por qué esa pregunta no podía quedar para diciembre. No sabemos si fue un anticipo de un verano especialmente severo. Sí sabemos que la provincia ya recibió tiempo para revisar sus puntos débiles. La respuesta ahora debe verse en los desagües, en los cauces, en los mapas de riesgo y en la capacidad de proteger a quienes viven donde el agua llega primero.

PUBLICIDADFUENTE:https://quediario.com.ar/2026/09/29/tormenta-tucuman-primer-aviso-el-nino/

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