Hay números que simplemente informan y otros que dicen mucho más de lo que cuentan, para mí, 166 es uno de ellos.
Un número que resuena fuerte en mi corazón; 166 es la cantidad de tucumanos que nos inscribimos como voluntarios para la visita del Papa León XIV a la Argentina.
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Pienso que detrás de ese número hay personas con profesiones, edades, historias y realidades diferentes, pero unidas por una misma decisión, ofrecer parte de nuestro tiempo, nuestros dones y nuestro trabajo al servicio de la Iglesia y de Dios.
Saber que en mi provincia hay otras 165 personas que también dieron ese paso me reconforta profundamente. No sé quiénes son todos, qué los movilizó o qué tarea esperan realizar; probablemente muchos no nos conocemos, pero ya compartimos algo importante… dijimos sí, sin saber exactamente dónde nos tocará servir.
Ese pequeño gran sí tucumano, forma parte de una respuesta mucho mayor, las inscripciones cerraron luego de alcanzar las 25.077 postulaciones para integrar el voluntariado para la visita papal. Estas personas, de distintos lugares del país dispuestas a entregar algo que quizás sea uno de los bienes más valiosos que poseemos: el tiempo. Y allí comienza, para mí, el verdadero significado del voluntariado.
Ser voluntario no es simplemente “dar una mano”, implica responsabilidad, preparación, horarios, esfuerzo, cansancio, renuncias, entrega y compromiso. Tiene muchas de las exigencias de cualquier trabajo, aunque con una diferencia sustancial, no existe una remuneración económica; se ofrece gratuitamente aquello que uno sabe, puede y está dispuesto a hacer.
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De esa manera, aprendí con los años que eso no significa trabajar sin recompensa. Hay trabajos que acrecientan nuestro patrimonio y hay servicios que engrandecen el alma. En este caso, la retribución aparece de otras maneras: en las personas que encontramos, en lo que aprendemos y entregamos a otros, en la alegría de sabernos útiles, en la fe que se fortalece y en esos pequeños milagros cotidianos con los que tantas veces la vida nos devuelve, por caminos inesperados, aquello que alguna vez entregamos sin esperar nada.
En mi caso, desde hace mucho tiempo entendí que mi profesión también podía convertirse en apostolado. Soy periodista y comunicadora y elegí muchas veces poner aquello que sé hacer al servicio de Dios y de la Iglesia, en este sentido, siempre siempre, me sentí una bendecida por Dios. Y ante la llegada del Papa vuelvo a ofrecer esos dones, pero esta vez hay algo diferente, debo confesar. Es la primera vez que me dispongo a trabajar para Dios y la Iglesia sin coordinar, sin organizar y sin tener previamente una responsabilidad determinada; y quizás allí esté también mi propio aprendizaje en esta experiencia.
Durante muchos años estuve acostumbrada a pensar, planificar, resolver, tomar decisiones y asumir toda responsabilidad. Esta vez me toca algo que, aunque parezca más sencillo, para mí representa otra forma de entrega: ponerme a disposición. Simplemente esperar y aceptar el lugar que Dios me asigne.
Y confieso también que tengo curiosidad por descubrir cómo voy a vivirlo, quizás pueda disfrutarlo de una manera diferente, precisamente porque esta vez no cargaré con la responsabilidad de que todo funcione, sino con una responsabilidad mucho más sencilla y, a la vez, profundamente desafiante: cumplir bien aquello que me toque hacer.
Creo que Dios nos enseña a servir de esta manera, a veces conduciendo, otras acompañando. A veces organizando y otras siguiendo una indicación.
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A veces desde aquello que sabemos hacer y otras desde un lugar que jamás habíamos imaginado. Porque servir no siempre consiste en hacer lo que creemos que hacemos mejor; también puede significar estar disponibles para aquello que los demás necesitan de nosotros. Por eso, ser voluntaria no significa elegir la tarea que quiero hacer, sino estar disponible para la tarea que sea necesaria. Y ese, quizás, sea uno de los mayores aprendizajes del servicio.
Pienso y estoy segura que la verdadera vocación de serviciio no debe medirse por la visibilidad de la función que nos asignen, por una acreditación, por la posibilidad de estar en determinado lugar ni, mucho menos, por cuántos metros nos separen del Papa León. Habrá tareas visibles y otras que nadie verá; todas serán necesarias para que millones de personas puedan vivir a corazón abierto este acontecimiento.
Por eso hoy, desde mi humilde lugar, quiero agradecer a los otros 165 tucumanos que también dijeron sí. Y junto a ellos, a las 25.077 personas de todo el país que ofrecieron su tiempo y sus capacidades para servir. Cada uno llegará con sus talentos, su historia y sus expectativas, después corresponderá esperar, prepararnos y recibir con humildad la tarea que nos sea encomendada.
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Tal vez aquí radique la grandeza del voluntariado: estar disponibles sin preguntar primero qué lugar nos tocará ocupar. Y ahora comienza para nosotros el tiempo de la espera, llegará la formación, la tarea, y el momento de ponernos al servicio. Y cuando llegue, ojalá recordemos por qué alguna vez completamos aquella inscripción y dijimos que sí. No para ocupar un lugar privilegiado, no para ser vistos, ni siquiera para estar cerca del Papa. Dijimos que sí para servir.
Y cuando el servicio es verdaderamente desinteresado, no existe recompensa económica capaz de igualar todo aquello que recibimos a cambio. Literal.
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GRACIAS a Dios por tanto.




