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Desierto de lo real y vida cotidiana

El proceso político iniciado con las elecciones de 2023 consolidó la crisis estructural del viejo sentido de la representación del orden democrático partidos, Estado, liderazgos nacionales, intermediaciones corporativas y fijó las condiciones de “cualquier nuevo régimen” sobre un vacío: la ruptura funcional entre la política y la sociedad, que se expresa como la prescindibilidad de una relación estrecha y necesaria entre el trabajo de “los políticos” y la vida cotidiana de la gente.

PUBLICIDAD Milei no fue el acontecimiento fundacional de esa etapa, sino solo su consecuencia electoral: su llegada al poder fue la punta del iceberg de un proceso estructural mucho más profundo que se venía cocinando al calor de la acción conjunta de la década perdida que se inicia en 2011 y las transformaciones del capitalismo digital. Es una expresión de la crisis, no su resolución.

A tres años de esa ruptura funcional, la reacción social preponderante frente a la política –incluso frente a la “nueva” política que parecía encarnar Milei sigue siendo la distancia, la indiferencia y la sospecha de inutilidad.

Se trata de una desconfianza general respecto de los valores del sistema que no se traduce en conflictividad social ni se canaliza todavía el voto a una nueva fuerza posmileísta (que, dicho sea de paso, tampoco existe), justamente porque la desconfianza alcanza al sistema en su conjunto. Se ejercita, en cambio, en una creciente autonomía familiar o individual, cada vez más privada que pública el trabajo, el estudio, el ingenio, el esfuerzo, la vocación–, a través de la cual la sociedad planifica sus objetivos de supervivencia, ayuda y progreso, reemplazando el aporte fallido del Estado en la provisión de bienes, servicios y economía.

PUBLICIDAD El éxodo no se detuvo desde la pandemia, y hoy forma parte del paisaje sociológico “natural” de la Argentina. La sociedad que votó a Milei en 2023 no se convirtió al libertarismo, como tampoco es probable que sus segmentos descontentos se conviertan al peronismo.

Opta, en su lugar, por una acción menos visible y más radical: irse. No a la calle, no a un partido, no a una asamblea; se va a su casa, a su trabajo, a su propio proyecto de supervivencia. Y desde ahí mira a la política como se mira un oficio ajeno, con poca expectativa y alta dosis de desconfianza. A esa forma de relación la llamamos ningunismo: ni con el gobierno, ni con la oposición, ni a la espera de un salvador que todavía no apareció. Desierto de lo real y vida cotidiana.

La sociedad que votó a Milei en 2023 no se convirtió al libertarismo (…) Opta, en su lugar, por una acción menos visible y más radical: irse. No a la calle, no a un partido, no a una asamblea; se va a su casa, a su trabajo, a su propio proyecto de supervivencia.

 El ningunismo no es apatía. La política sigue ocupando un lugar central en la discusión, la broma, el meme, el chiste y las relaciones sociales argentinas. La distancia es una posición: el nuevo contrato de ajenidad entre la sociedad y sus representantes.

Ese contrato tiene una cláusula central: la sospecha hacia toda forma de intermediación. La intuición de fondo es que las corporaciones ya no representan sino que se representan. La cuchillada contra “la casta” no es monopolio de Milei; es el combustible espiritual de la democracia realmente existente.

En ese sentido, la perspectiva actual de la sociedad hacia ese “mundo ajeno” de la política no está teñida por ninguna expectativa de reconstrucción del sistema, y, por lo tanto, de participación en esa reconstrucción.

PUBLICIDAD El “Operativo Retorno” que parte de la antigua clase “profesional” de la política entiende que está a la vuelta de la esquina ante el agotamiento libertario no es una demanda social en sí, sino la propia proyección de sus deseos restauracionistas tramitados como la única solución nacional. Contra “la ultraderecha”, la casta. 

Lo que la vieja política imagina como un lugar que la espera es, en realidad, un vacío. Un vacío que, en el fondo, el paradigma de La Libertad Avanza nunca se propuso volver a llenar en serio: el mileísmo no necesita –o cree no necesitar– intendentes, gobernadores ni una burocracia profesionalizada que cimente un nuevo estado.

Pero como la naturaleza aborrece el vacío, el espacio vacante que deja la implosión de clase política argentina, como en la caída de la vieja Unión Soviética, ha sido ocupado por poderes fácticos –los órganos permanentes de los sótanos del poder estatal– que han ganado un poder inusitado: la corporación judicial, los operadores políticos, los servicios de inteligencia. La Rusia de los siloviki no fue una restauración sino el relleno de un vacío. Algo de esa lógica opera hoy en la Argentina. Ciertamente, los poderes invisibles no son nuevos, pero nunca estuvieron tan desprovistos de contrapeso.

PUBLICIDADLA OPOSICIÓN CONGELADA

La eficacia política de una propuesta oficialista que “no se ocupa” de los problemas sociales de adaptación productiva de las economías privadas realmente existentes en los centros urbanos del país depende de un factor político central: que la principal opción opositora capaz de aglutinar la mayor parte del descontento social hacia Milei sea una fuerza política sin proyecto de ruptura y cambio.

En ese escenario de equilibrio entre Milei y un candidato del peronismo kirchnerista (Kicillof, Massa, CFK), el gobierno considera que su oferta de orden y estabilidad precaria podría prevalecer si un sector significativo del electorado identifica a la oposición como un sinónimo de retorno al modelo pre-2023.

Podría decirse que la percepción negativa que gran parte de la sociedad tiene de la gestión del ajuste, y de la propia impericia política de LLA en distintos órdenes, le sale mucho más barata a Milei por una razón: la ausencia casi absoluta de renovación política en estos años. El sistema parece congelado desde las elecciones de 2023, con una oposición peronista en estado de Mannequin Challenge.

PUBLICIDAD En lugar de dinamizarse con nuevos liderazgos que reflejen las demandas de una sociedad que quiere pasar del ajuste a la movilidad social por la vía privada del empleo o del emprendimiento, trabaja 24/7 para que esa hipotética renovación no tenga lugar, con la venia implícita de buena parte de su militancia, incluso la más joven. Las nuevas generaciones peronistas hoy discuten a Peter Thiel, la Ilustración Oscura, la geopolítica de los mares del Norte o cualquier otro tema del orbe con tal de no discutir de verdad algo más cercano y prosaico: el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner, creadora del Frente de Todos y de la presidencia de Alberto Fernández.

Así, Milei se financia políticamente con un sistema que no ha evolucionado, que no ha creado nuevas figuras, nuevas rupturas conceptuales ni nuevas representaciones que reaccionen a Milei con otra utopía de cambio. A esta misma altura del alfonsinismo ya estaba en plena gestación la renovación peronista de Cafiero, De la Sota, Manzano, Grosso y, sí, también Menem; a esta altura del menemismo, el Frente Grande de Carlos “Chacho” Álvarez ya había irrumpido con frescura y outsiders para oponerse a Menem desde un lugar muy distinto al de la vieja UCR; y a esta altura del kirchnerismo ya había nacido el PRO de Mauricio Macri, que tuvo su primera elección ganadora en la Ciudad de Buenos Aires en 2005. ¿Dónde está hoy la némesis de La Libertad Avanza?

Las nuevas generaciones peronistas hoy discuten a Peter Thiel, la Ilustración Oscura, la geopolítica de los mares del Norte o cualquier otro tema del orbe con tal de no discutir de verdad algo más cercano y prosaico: el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner.

PUBLICIDADPocas manifestaciones de este vacío son tan contundentes como el estado general del peronismo. La explicación del fracaso del Frente de Todos parece agotarse en la cancelación de Alberto Fernández y su destino de streamer solitario.

Ese giro le permite al peronismo encontrar un chivo expiatorio que exculpa a todos los demás protagonistas de aquella alianza y los exime de una revisión mucho más integral de su situación estructural. “Matar” a Alberto es la condición indispensable para salvar al Frente de Todos, que sigue repitiéndose como el Día de la Marmota del último peronismo: si antes eran Alberto, Cristina y Massa, ahora son Axel, Cristina y Massa. La misma dirigencia, las mismas ideas, la misma dinámica política.

Ese vacío explicativo funciona como un trauma no elaborado: lo que no se discute retorna, y retorna bajo la forma de nuevos Frentes de Todos. Y como nadie asume la necesidad de un reseteo integral, lo que se le ofrece de antemano a la sociedad es otro gobierno del Frente de Todos con sus infinitas internas. ¿Hay un peronismo después del Frente de Todos?

La crisis de la Iglesia kirchnerista, lejos de prohijar una segunda renovación con nuevos mariscales de campo, ha desatado su fase sectaria: por izquierda o por derecha, el poskirchnerismo es más kirchnerista que el viejo kirchnerismo.LA METAMORFOSIS DE LA LIBERTAD

En este escenario poco virtuoso para unos y otros, Milei apuesta a que el electorado valore la estabilidad económica alcanzada como el principal bien público que la política puede ofrecer hoy, y a que ese reconocimiento sea el punto de partida de su acumulación electoral.

Los límites del peronismo para construir un nuevo orden mantienen vigente en gran parte de la sociedad una valoración latente de las bondades del “partido de la macro” que promueve LLA como carta electoral, ya que esa pax económica sin crecimiento y sin inflación surge como dique político de contención a una crisis devaluatoria. El teorema electoral que LLA busca popularizar (en ese encuentro autónomo entre el humor social y la economía) es: “cuanto mayor sea el costo social de abandonar la estabilización, más relativo será (o menor) el costo social del ajuste”.

Esta pulseada por el humor social ya está en marcha: las decisiones oficiales buscan consolidar la “ventaja comparativa” que el gobierno exhibe frente a la oposición en materia de estabilidad económica, y hacerlo sobre un segmento específico del electorado: aquel que en este clima de desrepresentación siente que esa estabilidad le resulta funcional, o al menos le sirve para desarrollar su propio proyecto laboral, aun en condiciones recesivas o de salarios bajos.

PUBLICIDAD Si el Estado no te salva, al menos no te rompe las pelotas. La oposición busca politizar y capitalizar el componente recesivo del régimen de estabilidad, pero puede hacerlo con poco margen, dada la no renovación de su dirigencia: las mismas caras que politizan la recesión son las caras que quemaron la pradera con la inflación, un recuerdo latente que la sociedad todavía le adjudica.

En esta lógica, la consigna implícita del gobierno para las próximas elecciones parece sintetizarse en la fórmula “recesión o inflación”. Se trata de una apuesta a que esa premisa pueda fluir como una consigna realista para una gran porción de electorado que asume como rasgo central de su propia experiencia social— que la política y el Estado ya no pueden impulsar un proceso masivo de movilidad social, prestaciones públicas de calidad o eficacia reparadora de la asistencia social.

Si las instituciones políticas ya “no sacan a nadie de la pobreza”, es mucho más probable que la “recesión antiinflacionaria” de Milei sea aceptada como un aporte distante pero “útil” de la política económica para ciertos sectores de la población trabajadores informales, cuentapropistas, comerciantes, jóvenes pluriempleados: eso que bien podría llamarse el informalariado que necesitan de esa estabilidad de precios para desarrollar su proyecto privado de supervivencia. Una suerte de garantía de mínima.

En todo caso, el desafío del gobierno es intentar que esa narrativa neutralice las dificultades de la economía cotidiana, la recesión del comercio, la construcción y la industria. Si Milei logra armar una primera minoría competitiva sobre esta premisa o evita que la recesión se transforme en un mal mayor que converja hacia una fuerza opositora ganadora en 2027, se estaría revirtiendo parte del consenso pos-2001 que afirmaba la imposibilidad de una alianza política sustentable entre la clase media y una propuesta de ajuste, dando lugar a una clase media definitivamente pos-partidaria (posradical y posperonista), que a falta de un sistema genuino de movilidad y consumo “para todos”, acepta la inexorabilidad de un orden ortodoxo de la economía como resguardo mínimo ante el caos.

Si las instituciones políticas ya no sacan a nadie de la pobreza, es mucho más probable que la recesión antiinflacionaria de Milei sea aceptada como un aporte distante pero “útil” de la política económica para ciertos sectores de la población.

Este intento de administrar electoralmente la debilidad se da en el marco de una mutación silenciosa pero profunda de LLA, cuya expresión más visible es el reemplazo de Adorni por Santilli. Aflora en Milei una resignación pragmática: como ya ocurrió con Espert, canjea soldados intelectuales de la batalla cultural libertaria por políticos clásicos de gestión del cuadrante de “derecha” Diego Santilli, Luis Caputo, Federico Sturzenegger, Pablo Quirno, Alejandra Monteoliva.

PUBLICIDAD La elite libertaria fracasó por incompetencia y fue sustituida por una elite liberal. Leída de manera más integral, la tendencia marca la progresiva metamorfosis de LLA: del partido de la contracultura anarcocapitalista a la “necesidad” de un partido capaz de ejercer el liberalismo tradicional en la política y en la economía para sostener la gobernabilidad. La profecía de Mauricio Macri —que el gobierno de LLA era “fácilmente penetrable”— terminó siendo cierta, aunque de una manera muy distinta de la que él imaginó.

Esta evolución de la Revolución a la Administración encierra una exigencia que el gobierno todavía no resolvió: más previsibilidad y una gestión concreta de reformas técnicas que lleven el programa de estabilización más allá del ajuste fiscal y monetario.

La disyuntiva de fondo, entonces, no es solamente electoral. Milei llega a 2027 obligado a demostrar que la administración puede lograr lo que la revolución no logró: que la estabilidad sea algo más que la ausencia de caos; que hay vida después del ajuste; que, más allá de la promesa narrativa, LLA tiene crecimiento para ofrecer en un segundo mandato y no solo estabilidad.

La sociedad ya le pagó con dos triunfos electorales rotundos la desinflación y el hecho mínimo de no ser parte de los mismos de siempre. Lo usó como castigo y se empoderó a sí misma en el camino. Pero es mucho pedir que lo siga haciendo indefinidamente. Winston Churchill decía que “un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”. ¿Tiene el gobierno algo más que la apuesta a una sociedad “fanática”, que no cambie de opinión sobre el kirchnerismo ni quiera cambiar de tema?¿MILEÍSMO SIN MILEI?

Si la desinflación no se traduce en producción, trabajo y consumo antes de la campaña, el capital político de la estabilidad seguirá siendo un activo defensivo: quizás suficiente para no perder frente a un peronismo asociado a la inflación y renuente a una renovación real, pero insuficiente para construir una mayoría sólida frente al veto que ya asoma en el conurbano bonaerense y en los grandes aglomerados del interior.

Milei y la experiencia libertaria se exponen a una victoria pírrica contra el peronismo. Un gobierno que llega a su segundo tiempo agotado, sin variantes en el banco y sin piernas en la cancha.

En la historia argentina, incluso en períodos de mucha mayor estabilidad política, doméstica y global, los gobiernos sufren los segundos mandatos. El propio Menem terminó el suyo colgado del travesaño, aun cuando en las encuestas una abrumadora mayoría de los argentinos defendían la convertibilidad y su uno a uno. La aceleración del tiempo histórico en la era digital vuelve ese patrón todavía más vertiginoso: desde el 54% de Cristina Kirchner en 2011, ningún gobierno volvió a ganar una reelección.

A principios de los años 2000, el cambio de régimen hacia la posconvertibilidad consumió seis presidentes: los cuatro de la crisis de 2001 —De la Rúa, Puerta, Rodríguez Saá y Camaño más Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner.

Fue una transición compleja y caótica, pero sofisticada a su manera, con mucha autoconciencia de debilidad por parte de unas elites políticas a tiro de cacerolazo. El peronismo de aquellos años supo procesar la intensa discusión por su nuevo liderazgo dentro de su propio espacio, convirtiendo la interna peronista en una externa elección nacional en donde Menem fue finalmente derrotado y una época dio paso a la otra.

Milei también podría ser el Duhalde de este nuevo cambio de régimen, el poskirchnerista: el dirigente que no sobrevive a su propio ajuste pero prohíja una alternativa política que dé continuidad a lo más nuclear de sus transformaciones. Argumentos teóricos y biográficos no le faltan: después de todo, y a pesar de las grotescas imágenes de IA de “Milei Emperador”, el león no es Viktor Orbán.

PUBLICIDAD Más bien, es alguien que no persiguió el poder durante la mayor parte de su vida adulta, y que podría conformarse con blindar el enorme éxito de haber triunfado dos veces contra la totalidad de la clase política y haber sentado las bases de la Argentina que siempre imaginó. No es poco para alguien que llegó del espacio exterior, acompañado solo por su hermana.

Porque, además, desde el punto de vista de la acumulación política, pero también del sentir social, el mileísmo sin Milei ya empezó, y no lo va a esperar. Los movimientos de Patricia Bullrich expresan una búsqueda real de una parte importante del electorado, y no un mero Juego de Tronos palaciego. Esa es su fuerza. Si la debilidad de Milei y de LLA obliga al liderazgo libertario a hacer política hacia adentro, en torno al núcleo duro, eso le deja a ella el espacio para hacer política hacia afuera, para la mayoría social. Bullrich sintetiza las dudas del cuadrante social de centroderecha -todavía mayoritario- en cuanto a la capacidad personal y política de Milei para completar el proceso reformista que active el escenario de producción y consumo del plan de estabilización.

El mileísmo sin Milei ya empezó, y no lo va a esperar. Los movimientos de Patricia Bullrich expresan una búsqueda real de una parte importante del electorado, y no un mero Juego de Tronos palaciego.

En este sentido, las expectativas y las acciones de Bullrich dentro del armado LLA ya no buscan interpretar al electorado PRO dentro de la coalición, sino que intentan recomponer la base de apoyo económico que el propio Milei había forjado en el inicio del proceso libertario (los jóvenes, la clase media baja, el “informalariado”) y que hoy se encuentra en una zona de transición política orientada a una dispersión abstencionista y fragmentada que aumenta el peso del piso histórico del peronismo en una PASO o en primera vuelta.

De manera silenciosa, el mileísmo sin Milei empieza a tomar la forma de una corriente política posible. Para eso replica el método que usó Menem en la renovación peronista: abrazo y diferenciación. Se abraza a la sociedad que votó a Milei y que, como vimos, nunca se convirtió al libertarismo— y con sutileza se diferencia de la impericia de la dirigencia libertaria. Interpela por igual arriba y abajo, en un arco que va del círculo más rojo al independiente más silvestre que busca, sencillamente, no volver atrás.

Si los hermanos Milei la siguen conteniendo como hasta ahora, esa diferenciación nutrirá al gobierno desde adentro, reteniendo dentro de las fronteras del espacio actual a buena parte de la opinión pública y del poder, el argentino y el internacional; si no, lo hará por afuera, porque la física de la política indica que, si el gobierno sigue deteriorándose, una representación de ese espacio tiene que existir.

El problema esencial de Patricia Bullrich pasa a ser, en esa lógica, la administración del tiempo: un juego de construcción de liderazgo propio que puede llevarla a la candidatura vicepresidencial o convertirla en la carta eventual de un proyecto que necesite oxigenar su oferta electoral. Le ha llegado, sí, probablemente, su momentum definitivo, una versión final después de una vida de tantas encarnaciones. Como escribió Borges en Biografía de Tadeo Isidoro Cruz: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe definitivamente quién es”. El hombre, o la mujer.

PUBLICIDADFUENTE:https://panamarevista.com/la-democracia-del-ningunismo/

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