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La foto de Bussi con el gobernador Amado Juri

La imagen es tan potente como incómoda. En ella, el entonces gobernador de Tucumán, Amado Juri, camina sonriente, impecable en su traje oscuro y con el clásico pañuelo blanco asomando del bolsillo. A su lado, vestido con uniforme de fajina y casco militar, avanza el hombre que en cuestión de días cambiaría su destino para siempre: Antonio Domingo Bussi.
La escena ocurrió apenas días antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Juri, elegido democráticamente por los tucumanos en 1973, atravesaba una agenda intensa, marcada por obras, viajes y decisiones políticas en un contexto nacional cada vez más inestable. Supervisaba trabajos clave como la construcción de la diagonal a Tafí Viejo, inauguraba el dique Los Pizarro y mantenía reuniones constantes en Buenos Aires. El clima ya era tenso y el propio gobernador sabía que el desenlace era inminente.

En ese marco se produjo la foto: una recorrida conjunta en el Regimiento 19 de Infantería, el 20 de marzo. Allí, Juri y Bussi pasan revista a las tropas. Sonríen. Conversan. Caminan juntos. Nada en esa postal anticipa, al menos en lo gestual, lo que estaba por ocurrir horas después.

Pero la historia ya estaba escrita.
En la madrugada del 24 de marzo, un grupo de militares irrumpió en la casa del gobernador. Le comunicaron que debía presentarse en Casa de Gobierno. Juri recordaría años después con crudeza lo que encontró al llegar: “Eran cerca de las tres de la mañana cuando entré a mi despacho y estaba lleno de militares y policías. Revisaban papeles, abrían muebles, iban de un lado a otro”.

En ese clima de ocupación total del poder, la escena tuvo un gesto que lo marcaría para siempre: “Antonio Bussi gritaba órdenes pero no me dio ni los buenos días ni me miró. Me ignoró como gobernador elegido y como persona”.

A partir de allí, el desenlace fue inmediato. “Después me llevaron a la Cárcel de Encausados donde estuve dos años, nueve meses y siete días. No acepté ningún privilegio para mí o mi familia: debían hacer cola para verme”. Así resumió el propio Juri el día más amargo de su vida, el momento en que fue depuesto del sillón de Lucas Córdoba por la fuerza.
Su destino fue el encierro. Durante casi tres años permaneció detenido, atravesando las mismas condiciones que otros presos políticos. En ese contexto, también asumió un rol dentro del penal: “En la cárcel tuve mi tarea como todos los presos. Ahí se fabricaban ladrillos pero los detenidos se opusieron a que hiciera ese trabajo. Con toda consideración me dieron otro: debía representarlos ante los represores. Y así lo hice, discutiendo la mísera paga”.

Su familia, como tantas otras, quedó marcada por la incertidumbre, el miedo y la espera. La escena también fue recordada décadas después por su hijo, Fernando Juri, quien siendo niño vivió ese momento en primera persona. Aquella madrugada quedó grabada para siempre: los disparos, la irrupción militar y una promesa que nunca se cumplió. “Quédese tranquilo, mijo. Su papá va a hablar con el General Bussi y vuelve”, le dijeron. La espera duró casi tres años.

El tiempo, sin embargo, daría un giro inesperado.

A fines de los años 90, Amado Juri se convirtió en protagonista de una escena cargada de simbolismo político. Ya como diputado nacional, presidió la sesión en la que se rechazó la incorporación de Bussi al Congreso por “inhabilidad moral”, por sus cuentas millonarias ocultas en Suiza y múltiples crímenes. El mismo hombre que lo había encarcelado décadas atrás quedaba ahora impedido de asumir un cargo público por decisión institucional.
“¿Quiere que le diga qué pensé cuando me tocó presidir la sesión preparatoria? Que fue un designio de Dios. Tuve el privilegio de ser el más viejo porque justo ahora se retiró Alvaro Alsogaray. Son las vueltas de la vida, m’hijo. El que las hace, las paga”, expresó en ese momento, en una frase que condensó décadas de memoria, dolor y política.

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Lejos del rencor personal, también dejó una definición contundente: “A Bussi no lo odio, tampoco siento nada por él. Me opongo a que sea diputado por lo que le hizo al pueblo tucumano”. Y agregó, con el peso de la historia a cuestas: “También me acuerdo de mis compañeros y colaboradores desaparecidos… es muy doloroso para mí. Bussi debe decir dónde están los desaparecidos y aclarar su ilícito enriquecimiento”.
Hasta el final de su vida política mantuvo una rutina activa. Desde su llegada al Congreso en 1997 no faltó a una sesión, incluso en medio de problemas personales y familiares.
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