esde hace años los gobiernos de la provincia han ignorado el potencial turístico de Tucumán. Desde hace años los gobiernos de la provincia han ignorado el potencial turístico de Tucumán. Al actual presidente del Ente Turismo, Domingo Amaya, le queda grande el cargo.
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Mientras muchas provincias argentinas encuentran en las inversiones privadas o en la explotación de sus recursos naturales una fuente de crecimiento económico y generación de empleo, Tucumán continúa dependiendo casi exclusivamente del Estado como principal empleador. Y esa realidad obliga a preguntarse por qué la provincia ha desperdiciado durante tantos años una de las industrias más rentables y sustentables del mundo: el turismo.
En Europa se suele definir al turismo como “la fábrica sin chimeneas”. La expresión no es casual. Es una actividad capaz de generar divisas, empleo genuino, desarrollo regional y oportunidades para miles de familias sin necesidad de grandes complejos industriales. Tucumán, por su geografía, su historia y su patrimonio cultural, reúne condiciones para transformarse en un destino turístico de primer nivel. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario.
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Después de décadas de gobiernos del mismo signo político, el turismo nunca fue concebido como una verdadera política de Estado. Hubo anuncios, festivales, campañas esporádicas y eventos puntuales, pero nunca un plan estratégico capaz de posicionar a Tucumán dentro del circuito turístico nacional e internacional.
Uno de los errores más evidentes ha sido la designación de funcionarios sin preparación específica para conducir un área tan compleja. El Ente Tucumán Turismo terminó convirtiéndose, más de una vez, en un espacio para recompensas políticas antes que en un organismo técnico orientado al desarrollo de una industria estratégica.
El caso de Domingo Amaya sintetiza esa lógica. Su trayectoria política es extensa, pero difícilmente pueda exhibir antecedentes vinculados al desarrollo turístico. A lo largo de su carrera transitó por distintos espacios políticos según las circunstancias, pasando del peronismo a Cambiemos para luego regresar nuevamente al oficialismo provincial.
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Más allá de los títulos académicos, que no son el único requisito para una gestión exitosa, la realidad es que tampoco logró imprimir una impronta política que colocara a Tucumán en el mapa turístico. La gestión se redujo, en gran medida, a la organización de festivales locales, eventos deportivos o actividades recreativas que perfectamente podrían ser impulsadas por los propios municipios, pero que están muy lejos de constituir una política integral de promoción turística.
Y resulta aún más llamativo porque materia prima sobra.
Tucumán posee los Valles Calchaquíes, el dique El Cadillal, el dique La Angostura, San Javier, Raco, El Siambón, las Yungas, ruinas arqueológicas, aguas termales, reservas naturales, turismo religioso, turismo histórico, gastronomía reconocida y, por encima de todo, el privilegio único de ser la Cuna de la Independencia argentina.
Pocas provincias concentran semejante riqueza natural, histórica y cultural en un territorio tan pequeño. Sin embargo, ese enorme potencial permanece desaprovechado. A ello se suma la falta de inversión en infraestructura. Las conexiones entre el Aeropuerto Benjamín Matienzo y la ciudad siguen sin ofrecer un servicio moderno acorde con un destino turístico competitivo. Tampoco existen accesos viales que transmitan la imagen de una provincia preparada para recibir visitantes durante todo el año.
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Mientras tanto, provincias vecinas entendieron hace tiempo el valor económico del turismo.
Salta es probablemente el mejor ejemplo. Desde hace décadas decidió convertir al turismo en una política de Estado, con continuidad, planificación y promoción permanente. Los resultados están a la vista: recibe millones de visitantes, genera empleo privado y posicionó su marca en el país y en el exterior.
Jujuy también logró instalar atractivos como la Quebrada de Humahuaca, o Tilcara, y consolidó una fuerte identidad turística. Santiago del Estero encontró en el turismo de eventos y en el desarrollo de Termas de Río Hondo un motor económico que hoy produce trabajo e inversiones.
Tucumán, en cambio, continúa observando cómo sus vecinos avanzan mientras permanece estancada.
Resulta paradójico que la provincia donde se Declaró la Independencia Argentina no figure entre los principales destinos turísticos del país. Su enorme patrimonio histórico parece alcanzar únicamente para los actos oficiales de cada 9 de Julio, sin una estrategia que permita convertir esa riqueza en desarrollo económico durante los doce meses del año.
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El turismo genera empleo privado, moviliza hoteles, restaurantes, comercios, artesanos, guías, transportistas, agencias de viajes y emprendedores. Es una de las pocas actividades capaces de distribuir riqueza en prácticamente toda la provincia.
Pero para eso hace falta liderazgo, planificación, profesionalismo y decisión política.
Domingo Amaya ocupa un cargo desde el cual podría impulsar una verdadera transformación. Sin embargo, hasta aquí su gestión no logró modificar la realidad ni aprovechar el enorme potencial turístico de Tucumán.
La provincia no necesita más festivales para la foto ni anuncios pasajeros. Necesita una política de Estado que trascienda gobiernos y convierta al turismo en uno de los motores del desarrollo económico.
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Porque cuando una provincia con tantos recursos naturales, culturales e históricos sigue sin ocupar un lugar de relevancia en el mapa turístico argentino, el problema ya no es la falta de oportunidades. Es la falta de gestión.
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FUENTE: Por Enzo Perea para SIN CODIGO-https://sincodigotucuman.com/tucuman-y-el-turismo-la-fabrica-sin-chimeneas-que-el-poder-politico-decidio-ignorar/




